sábado, 16 de mayo de 2009

Carlos Castilla del Pino, memoria contra inmortalidad


Es sorprendente que en la despedida a Carlos Castilla del Pino el diario El País destaque su "feroz antifranquismo"(sic) pero no explique los motivos que llevaron a este sólido intelectual y eximio científico a ser durante su toda su larga vida un apasionado luchador antifranquista. Una vez le oí explicar el origen de esa fobia radical (es decir, hasta la raíz) que sentía por el franquismo y quienes lo encarnaban, y la verdad daba grima conocerlo. Con voz serena Castilla del Pino narró como siendo un niño, durante la ocupación por las tropas franquistas de la ciudad donde residía con su familia le tocó ver los cadáveres degollados de hombres, mujeres y niños desparramados por una calle en cuesta por la que trepó a la carrera para llegar hasta su casa, a tiempo para ver como los moros mercenarios de Franco asesinaban a un tío suyo entre los cuerpos despanzurrados de otros familiares masacrados.

Años más tarde Castilla del Pino atendió profesionalmente a hombres y mujeres que cargaban con el trauma de la guerra y la represión, gentes sencillas y humildes para quienes en aquellos años no había más tratamiento que el escaso alivio que podía ofrecerles la humanidad de aquél psiquiatra, atípico y contrario al internamiento de pacientes en manicomios. Fue el trato diario con personas afectadas por la tristeza, la depresión y todas las enfermedades mentales asociadas al miedo, la angustia y el acorralamiento personal, lo que hizo de él una autoridad psiquiátrica mundial, pero sobre todo talló un hombre solidario y compasivo además de un rojo irreductible. También le convirtió en un hombre amable, bon vivant y apegado a un senequismo muy cordobés, propio de la ciudad en la que vivió y trabajó tantos años.

Entre sus artículos para prensa en los inicios de la transición recuerdo especialmente uno que publicó en El Viejo Topo (creo que en 1979), en el que desde el punto de vista del análisis psicológico y psiquiátrico trazó un perfil de Francisco Franco absolutamente demoledor y que en aquél momento hizo bastante ruido, en la medida en que por vez primera presentaba al individuo en cuestión como lo que fue y más tarde se confirmó en posteriores estudios: un ser carente de grandeza alguna siquiera desde el punto de vista criminal. El Franco diseccionado por Castilla del Pino era un individuo mediocre, cruel, lleno de complejos y carente de escrúpulos, con la astucia y el instinto de supervivencia hiperdesarrollados y como únicos rasgos que explican cómo pudo llegar a donde llegó y mantenerse en el poder tantos años.

En el orden personal, Castilla del Pino disfrutó de sus años en la medida en que se lo permitieron sus tragedias personales, que le golpearon repetida y dolorosamente a través de familiares muy directos. Aceptó reconocimientos pero despreció los honores; al cabo, decía, creía en la memoria pero no en la inmortalidad. De hecho, para Castilla del Pino ser fiel a la memoria, individual y colectiva, era una forma de alcanzar un estado superior a la inmortalidad, al mantener presentes las razones y los recuerdos a pesar del tiempo y sus estragos. Sobre todo, fue un modo eficaz de dar coherencia hasta el final a su vida y a su pensamiento.

2 comentarios:

pena dijo...

Contundencia, sinceridad y respeto, que mejor elogio como recuerdo del profesor Carlos Castillo del Pino, que adolescentes y ansios@s de entender, venerábamos. Saludos

Editor dijo...

El mejor homenaje es no olvidarle, "pena". Así seguirá con nosotros siempre.

Un saludo.