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lunes, 12 de diciembre de 2011

Los mercados también manejan el cambio climático




La cumbre de Durban ha resultado ser finalmente el fracaso anunciado y seguramente deseado por la mayoría de participantes en ella. Ante la realidad tozuda de los hechos, un cambio climático que amenaza ya la estricta supervivencia del planeta, los cínicos irresponsables causantes de la catástrofe en puertas siguen oponiendo sus negaciones y mentiras.

Ni siquiera desastres nucleares como Chernobil o Fukushima son suficientes para que estos cabestros reconozcan la que han liado a nivel mundial: ellos se limitan a cerrar los ojos y recitar los mantras neoliberales acerca del progreso sin límites y la capacidad de regeneración de la Naturaleza. En esa batalla se alinean del mismo lado de la trinchera países con ideologías aparentemente dispares pero en realidad concomitantes: las grandes potencias capitalistas como EEUU y Rusia se dan la mano con los "emergentes" China, India y Brasil en la defensa de su supuesto derecho a explotar los recursos naturales que poseen hasta acabar con ellos y si se tercia, con todo rastro de vida sobre la Tierra.

La destrucción en amplias zonas del mundo de la vegetación en general y de los bosques en particular, la extracción salvaje de combustibles fósiles en otras tantas, la intoxicación planetaria por el CO2 producido por la industria y los automóviles, la mutación incontrolada de la agricultura y la ganadería mundiales a través de las modificaciones genéticas de animales y plantas, y la contaminación cotidiana generada por cientos de centrales nucleares cuyos fallos y detritus amenazan toda forma de vida por milenios, continuará tal cual porque esa es la voluntad de los poderosos del mundo y de sus verdaderos patrones, los famosos "mercados" que gobiernan por encima de ideologías, regímenes e intereses nacionales.

Quienes han impuesto su dictado en Durban han sido los beneficiarios de la explotación del mundo, singularmente los amos de la extracción, distribución y comercialización de los combustibles fósiles: las compañías petroleras y gasísticas. A su orden se pliegan todas las voluntades, desde la "progresista" Bolivia de Morales, entregada a un frenesí de megaproyectos de explotación de recursos naturales pilotados por multinacionales del sector, hasta los "reaccionarios" EEUU empeñados en "liberalizar" la exploración y  subsiguiente explotación de descomunales reservas de petróleo y gas en los parques naturales protegidos del país. Otros, como India y China, desarrollan proyectos industriales que aniquilan la vida a su alrededor, incluida la de millones de seres humanos; o el Brasil postLula empeñado en deforestar el Amazonas, el pulmón del mundo, al servicio de las grandes compañías madereras y de los terratenientes locales. Detrás de tanto crimen y como siempre, los famosos mercados y sus beneficios.

El único compromiso habido en Durban ha sido prolongar los acuerdos de Kioto (un proceso ya muerto), hasta 2015, y estudiar entonces algunas intervenciones limitadoras que comenzarían a aplicarse en 2020. Y es que todos los países quieren un margen de tiempo "adecuado" en el que poder seguir quemando recursos para incrementar las ganancias. La paradoja es que si en el futuro se lograra fijar algún tipo de plazo límite real para la reducción por ejemplo de las emisiones de CO2, ello sería al precio de que en los años previos todo país que estuviera en condiciones de hacerlo aumentaría sus emisiones hasta el paroxismo, actuando como el fumador al que le diagnostican un cáncer y se pone a fumar a un ritmo creciente para aprovechar el tiempo que le queda.

Y es que estos animales (en el peor sentido de la expresión) al estilo del famoso primo de Mariano Rajoy, aquel presunto científico que negaba todo cambio climático al menos antes de un siglo, prefieren negar la realidad y seguir enganchados a su dependencia con tal de seguir llenándose sus bolsillos y los de sus amos.

En la imagen que ilustra el post, inundaciones en la India.

sábado, 17 de abril de 2010

La Naturaleza es una tipa vengativa


Los europeos somos una gente acostumbrada a ver toda clase desgracias ajenas por televisión, con la seguridad de que ése mismo terremoto que arrebata decenas de miles de vidas en cualquier país del Tercer Mundo en nuestro Viejo Continente apenas haría tintinear la cristalería de casa. La Naturaleza enfurecida es un espectáculo que aquí ya casi no sabemos discernir del cine hollywoodiense de catástrofes. Incluso empezamos a pensar que el fin del mundo cuando llegue, y según nos muestra últimamente la industria del mercado del "entertainment" yanqui, no será otra cosa que un conjunto de efectos especiales más o menos espectaculares y eso sí, creados por ordenador.

Así que vemos terremotos, incendios, sequías, inundaciones y todo eso y pensamos que la fiesta no va con nosotros, que nosotros los europeos sí hemos domado a la Naturaleza. Hombre, es verdad que de vez en cuando vemos cosas como las que vienen pasando en Andalucía y en algunas otras zonas españolas, donde la especulación urbanística y cierta inconsciencia meridional han llevado a construir en el cauce desviado de ríos y torrenteras; resulta que a la que llueve con alguna intensidad las aguas terrestres reclaman su antiguo lecho, y con cierta frecuencia vemos en los telediarios como muebles y automóviles son arrastrados río abajo camino del mar. Muy raramente se pierde alguna vida en esos sucesos, y casi siempre es por causa de imprudencias: por ejemplo, gente que se mete con su jeep 4 x 4 en un cauce por el que se está desbocando una avenida de agua después de una tormenta, imitando esos recurrentes e infantiles anuncios de televisión con que nos bombardean los fabricantes automovilísticos. Algunos idiotas han dejado la piel tratando de reproducir esas demostraciones. Pero ya digo que se trata de episodios puntuales.

Pero ahora resulta que un volcán acaba de reventar en Islandia, y Europa se llena de cenizas presuntamente inofensivas pero que de momento han conseguido colapsar el tráfico aéreo en todo el continente. Miles de vuelos y cientos de miles de personas no pueden desplazarse por el aire desde hace días, porque las compañías aéreas tienen miedo de que las cenizas en suspensión en la gigantesca nube de humo expulsada por el volcán islandés puedan obturar los motores de los aviones en navegación. Así que la Naturaleza nos acaba de humillar ante todo el mundo, dejándonos varados en tierra. Nos ha dejado a los europeos sin nuestro querido medio de transporte, ése que nos permite en un mismo día desayunar en Barcelona, comer en París y cenar en Venecia. Los europeos acabamos de descubrir que somos vulnerables a gran escala ante la cólera desatada de la Naturaleza.

Y la verdad es que cuando hemos caído en la cuenta, se nos ha quedado una cara de tontos que debe dar risa. No contábamos conque en realidad estamos tan expuestos a las iras de la Naturaleza como los haitianos, aunque sea por diferentes motivos. Mamá Naturaleza ha sabido cómo vengarse de nosotros, dándonos donde más nos duele: en nuestro orgullo tecnológico.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Lecciones de una nevada sobre Barcelona


Una nevada que en los países del centro y norte de Europa habría pasado casi inadvertida, ha generado un extraordinario caos en Catalunya y singularmente, en el área metropolitana de Barcelona. Es evidente que las infraestructuras del país no están a la altura del fenómeno metereológico acaecido, y habrá que empezar por ahí a la hora de ensayar soluciones más que de buscar culpables, pero esa es sólo una faceta del problema. Hay más, y vamos a intentar relacionarlas aquí.

En primer lugar, es obvio que existe cierto cálculo cínico por parte de las instituciones públicas y sobre todo, de sus responsables técnicos, lo que a la larga acaba propiciando desastres como el comentado; tanto va el cántaro a la fuente, que llega el día en el que se rompe. Me explicaré. Hace algunos años, pregunté a un arquitecto barcelonés con cargo de responsabilidad en la administración local, persona por lo demás muy competente y de buen juicio general, la razón por la cual en Barcelona no existía ningún tipo de exigencias oficiales en la construcción de nuevos edificios en orden a la protección contra posibles movimientos sísmicos. El hombre me contestó con toda tranquilidad, que la posibilidad de que acontezca un terremoto de cierta intensidad en nuestra ciudad es tan remota y que probablemente tardará tantos años en producirse, que no vale la pena perder tiempo y dinero tomando medidas contra él; cuando pase pasará, punto. Esta es la visión de la jugada de nuestra Administración en éste y en otros temas semejantes. Ayer mismo oí en la radio a un responsable técnico responder con todo desparpajo que dado que no es habitual que en Catalunya se produzcan nevadas como la habida hace un par de días, no vale la pena disponer de unos medios para contrarrestarla que permanecerían inactivos durante mucho tiempo. Es fácil comprender pues que con este espíritu de nuestros responsables públicos, la meada de un ángel pueda convertirse fácilmente en el Diluvio Universal.

Al lado de esta manifiesta irresponsabilidad pública sumen unas infraestructuras obsoletas, en manos de rapaces empresas monopolísticas que no gastan un céntimo en mantenimiento: cae una nevada de alguna intensidad, y automáticamente se colapsan las carreteras; sopla un ventarrón un poco más fuerte de lo normal, y vuelan por los aires las torres y los cables de alta tensión; llueve durante una tarde, y el transporte público de superficie se paraliza, los semáforos dejan de funcionar y el metro se convierte en un lago subterráneo; las comunicaciones telemáticas se saturan y bloquean apenas coincide una cantidad de usuarios más alta de la habitual llamando por teléfono o intentando entrar en determinado sitio web. Los ejemplos son innumerables. Servicios tercermundistas a la española, de los que en Catalunya gozamos de modo singular a pesar de pagar por ellos vía nuestros impuestos como si fuéramos verdaderos potentados.

Y por último, pero no los últimos en cuanto a responsabilidad, quedamos los ciudadanos. Los ejemplos de la estulticia de tantos supuestos "homos sapiens" en relación con este asunto, son igualmente múltiples y asombrosos: miles de imbéciles se montan en su coche para ir a ver nevar en las montañas, a pesar de las advertencias públicas en sentido contrario, colapsando las carreteras y hasta las autopistas; centenares de miles de alienados insisten en circular en vehículo privado por calles impracticables, sólo por el placer de continuar con sus hábito cotidiano de desplazarse dentro de su privadísimo cacharro de cuatro ruedas; otras legiones de indigentes mentales se lanzan a criticar a las administraciones públicas por no ser capaces de garantizar que el Dios Automóvil pueda seguir circulando libremente bajo cualquier circunstancia, sea ésta una nevada, un bombardeo atómico o el Día del Juicio Final. Esta es la sociedad que tenemos y que entre todos hemos ido conformando.

Por todo ello me temo mucho que nadie va a sacar lecciones de la nevada, y que en todo caso a nadie le interesa verse obligado a cambiar aunque fuera mínimaente sus hábitos, costumbres y esquemas mentales en relación con estos temas. Como decía el arquitecto al que aludía al comienzo, la posibilidad de que haya un terremoto (o una nevada más o menos fuerte) en Barcelona es tan remota, que no vale la pena considerarla. Y total, cuando nieve ya nos quejaremos a gritos, siguiendo el conocido exabrupto italiano: "piove, porco governo!".

En la imagen que ilustra el post, coches circulando por el centro de Barcelona en medio de la nevada del pasado día 8 de marzo.

lunes, 16 de marzo de 2009

Adiós al Polo Norte


Cuenta hoy el diario británico "The Independent" que se ha puesto en marcha una iniciativa para limitar la caza de osos polares, supuesto deporte practicado por los esquimales y por otros que sin serlo son capaces de desplazarse a las lejanas regiones polares, sólo para meterle una bala entre ceja y ceja a un animal perteneciente a una especie en peligro de extinción.

El problema principal para los osos polares, con todo, no son sólo los cazadores sino el cambio climático, digan lo que digan el primo "científico" de Rajoy o el imbécil ése que fue presidente del Gobierno español y que ahora recorre el mundo con su melenilla y sus pulseras de hippie de derechas. Los polos se derriten a marchas forzadas, y en unos años no va a haber hielo en el Polo Norte en verano. Ya empezamos a acostumbrarnos a ver imágenes de osos polares aislados en trozos de hielo que se funden por completo a velocidad de vértigo y antes de salir del Círculo Polar Ártico. Hoy sería materialmente imposible que el Titanic u otro buque chocara con un iceberg en cualquier mar del mundo, simplemente porque ya no hay icebergs navegando a la deriva en mares cálidos; mirado cínicamente, quizá sea esa la única ventaja que aporta el deshielo.

El calentamiento global está aquí, y ha llegado para quedarse. De hecho, llevamos al menos 150 años calentando la Tierra pero hasta ahora no habíamos reparado en las consecuencias. Ahora hay señales que anuncian que el Apocalipsis de San Juan puede ser una broma infantil, comparado con el desastre que se nos viene encima. Y en fin, el que los osos polares se ahoguen al quedar atrapados sobre témpanos de hielo que se funden como cubitos de un gin tonic, sería apenas el aperitivo. Esperen a los platos fuertes.

jueves, 3 de enero de 2008

Una verdad incompleta


Hace unos días ví el documental "Una verdad incómoda", esa especie de moderna biblia contra el cambio climático que ha puesto en circulación Al Gore, ex vicepresidente norteamericano con Bill Clinton y candidato presidencial derrotado por George Bush, ahora reciclado en gurú del ecologismo progresista norteamericano.

La verdad es que el documental está muy bien hecho, y que como pieza divulgativa no tiene precio. Más allá de las obvias intenciones de Gore al producirlo -la primera, evidente, ajustar cuentas con los neocons de Bush, que le birlaron la presidencia USA en 2000 mediante una estafa electoral masiva amparada por un Tribunal Supremo cuyos miembros habían sido designados por Reagan y Bush padre-, hay en él un desarrollo de temas francamente atractivo tanto en el modo como se presentan como en los contenidos que se explicitan.

El concepto clave que se repite una y otra vez en "Una verdad incómoda" es "calentamiento global". Al calentamiento global se le atribuye el cambio climático que el planeta está padeciendo, y por supuesto los desastres metereológicos que lo azotan en los últimos años. La exposición que al respecto hace Al Gore es sólida y documentada además de espectacular (los gráficos son impresionantes), pero adolece de cierta inconcreción cuando en algunos casos se refiere a "informes científicos" de los que no da mayor precisión (¿quiénes los hicieron? ¿cuándo? ¿en qué condiciones?).

Al Gore es un político del sistema, y por tanto aborda el cambio climático según el modo políticamente correcto dentro del sistema. La culpa del calentamiento global la tienen según él las malas prácticas industriales permitidas por gobiernos como la actual Administración Bush (a la que dedica algunas pullas cuidadosamente seleccionadas). El modo de resolver el problema pasa por la acción de administraciones que gestionen bien, y sobre todo por el compromiso individualizado de los ciudadanos. Reciclar, ahorrar energía, reducir el consumo... son las recetas mágicas que ofrece Gore.

En ningún momento del documental se plantea la verdadera raíz del problema, que no es otra que la responsabilidad absoluta que en él le compete al modo de producción capitalista, desde sus inicios a finales del siglo XVIII hasta hoy. Es cierto que en las últimas décadas ha habido una aceleración brutal de las consecuencias -paralela a la intensificación de la explotación de los recursos naturales y la gigantización de la producción industrial-, pero no es menos cierto que ya a mediados del siglo XIX sus efectos eran netamente perceptibles en los países industrializados. Hoy, simplemente, esos efectos se han extendido a todo el planeta, alcanzando incluso las zonas que hace pocos años permanecían vírgenes; de ahí la alarma general, traducida en movimientos como el que lidera Al Gore.

En suma, Gore nos habla de las consecuencias pero procura obviar su origen y desde luego, sus causas profundas. Ciertamente una mayor responsabilidad ciudadana y unos gobiernos concienciados con este problema atenuarán esas consecuencias, pero en modo alguno van a terminar con el calentamiento global y mucho menos van a conseguir frenar el cambio climático, en tanto no cambiemos el modo de producción actual y las prioridades que inexorablemente comporta.

Mientras exista capitalismo el planeta entero seguirá siendo destruido, y eso es algo que Al Gore nunca nos dirá. Su verdad además de ser incómoda, está incompleta.

jueves, 25 de octubre de 2007

Mariano Rajoy, el avestruz climático


Lo de Rajoy es ya de tonto cum laude. Un político responsable puede matizar y discutir aspectos concretos del discurso científico sobre el cambio climático, pero sólo un patán pueblerino puede negar la mayor en un tema en el que para comprobar sus efectos no habrá que esperar 300 años, como dijo el inefable Mariano, porque por desgracia ya son cruelmente perceptibles en todo el planeta.

Claro que ésa verdad es especialmente incómoda para los amos del dinero -es decir, para los patrones de Rajoy y de su partido-, pues a ellos lo único que les interesa es la explotación desenfrenada de los recursos naturales, aunque ésta comporte su desaparición, así como la producción y venta masiva de bienes de consumo, sea cual sea su coste ambiental y para nuestra salud.

Rajoy no hace sino leer el guión escrito por sus superiores, y siguiéndolo al pie de la letra, recomendarnos la política del avestruz.