lunes, 31 de marzo de 2008

El moai desorejado. El turismo de masas hace peligrar el Patrimonio Cultural de la Humanidad


Una amiga me hace llegar una noticia publicada por El Periódico de Catalunya la semana pasada, en la que se da cuenta de que un tipo de 26 años, finlandés por más señas, le arrancó la oreja a un moai en la Isla de Pascua.

La verdad es que no me extraña nada que ocurran cosas como ésta. Hace apenas unos meses, dos jóvenes españoles decidieron llevarse como souvenir una bandera letona que colgaba de una farola en una calle de Riga; debieron pensar que como habían más banderas, los letones no iban a echar de menos aquella. Sin embargo se organizó un buen follón, y los ladrones de la enseña identitaria báltica dieron con sus huesos en comisaría por robo en grupo y "ultraje a la bandera nacional letona". Los dos españoles no eran unos mindundis cualesquiera, sino ingenieros de provecho. El finlandés arrancaorejas tampoco debe ser un muerto de hambre; puedo dar fé de que para viajar a Pascua hay que disponer de ciertos ahorros.

Como que este tipo de casos no constituyen hechos aislados -se lo garantizo en tanto que vecino de Barcelona, ciudad escogida "por la juventud más culta de Europa" (sic) según el concejal Jordi Portabella para emborracharse como cubas, orinar y defecar en las calles, destrozar el mobiliario urbano y entregarse a otros amenos pasatiempos semejantes-, uno no puede menos que llegar a la conclusión de que algo, posiblemente irremediable, está pasando por culpa o como consecuencia de eso que llaman turismo de masas, pero sobretodo por la falta de inteligencia y civismo conque la ciudadanía en general y muchos jóvenes en particular se comportan en cuanto pisan un país extranjero, más aún si éste por las razones irracionales que sea es considerado inferior al propio.

Me temo que iniciativas como la ordenanza del Civismo en mi ciudad o la asignatura Educación para la Ciudadanía en el sistema educativo español, no van a servir absolutamente para nada. Llegan muy tarde. Obviamente tampoco sirven de nada los despliegues policiales ni el encarecimiento de precios, por citar dos típicas medidas que pregonan los defensores de la "mano dura" en cualquier trance y con cualquier excusa: el turismo-basura ha enseñoreado ya la Tierra, y no va a soltar fácilmente su presa.

Así que el finlandés desorejador o los españoles robabanderas tienen grandes probabilidades no sólo de salir incólumes de sus respectivas tropelías, sino de que, una vez vueltos a su medio habitual, ligar como posesos explicando como llevaron a cabo la hazaña que el alcohol, las drogas o simplemente el aburrimiento, les inspiró súbitamente.

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