
Las recientes elecciones presidenciales en Irán debían consagrar en el poder nominal a Ahmadineyad, el vicario civil del régimen clérico-militar de corte fascista que hegemoniza el país desde hace 30 años. Pero tres décadas de poder casi onmímodo del estamento religioso, matizado apenas por su alianza con los militares y con la burocracia civil, han sido más que suficientes para provocar el hartazgo de las nuevas generaciones.
La dictadura de un puñado de viejos fanáticos religiosos -o que aparentan ser fanáticos religiosos- constriñe el país, y sobre todo, impide la liberación de las energías creativas de una juventud que sabe perfectamente que hay un mundo más allá de las mezquitas y el sometimiento a unas directrices divinas. Directrices que como en otros casos similares, son interpretadas en régimen de monopolio por unos hombres ensotanados con intereses terrenales muy concretos.
El régimen de los ayatolas se cae a pedazos porque su existencia se fundamenta en la injusticia social más radical. La Edad Media lo tiene muy difícil para sobrevivir en tiempos de crisis de toda clase de ideologías, a pesar del inmenso barril de petróleo que mana bajo los traseros de los curas iraníes. O tal vez sea por eso que Irán comienza a arder: porque poseyendo esos inmensos recursos el país no acaba de salir de la pobreza, el atraso y la alienación colectiva.
En 1979 el bazar (las clases medias ilustradas iraníes) se aliaron con los líderes religiosos para echar de Irán al Sha, el emperador de opereta sostenido por los norteamericanos. Fue un momento de esperanza colectiva. Luego los religiosos se hicieron con todo el poder, que han retenido para una casta más o menos oculta de altos clérigos que de alguna manera equivaldrían a nuestra Conferencia Episcopal. Los intereses económicos de esa gente son vastísimos, y abarcan desde los ingresos percibidos por la comercialización legal e ilegal del petróleo, hasta el tráfico de armas y posiblemente de drogas.
Hoy, en 2009, Irán está teóricamente gobernado por Ahmadineyad, un patético personaje que recuerda a un Carlos Arias Navarro español, aquél presidente del Gobierno en tiempos del tardofranquismo al que los mandamases del régimen usaban como pimpampum de las iras populares, mientras ellos tomaban las decisiones importantes. Las elecciones fraudulentas que debían otorgarle un segundo mandato a la marioneta se han tornado posiblemente en su tumba política, y mucho más importante, en el inicio de una revolución popular que a medio plazo o quizá antes de lo que parece, acabará con el poder clérico-fascista en el país.
La juventud, las mujeres y el bazar se están echando a la calle. En Teherán y las principales ciudades está empezando a arder una revuelta urbana de proporciones cada vez mayores. El indicador más claro de su crecimiento y avance es precisamente la dureza de la represión, síntoma del temor creciente de las clases dominantes iraníes a ser desbordadas. La lucha será cada vez más dura y frontal e irá adquiriendo un carácter más popular y radical, a medida que pase el tiempo y corra más sangre. De todos modos, el final del poder de las élites religiosas en Irán se acerca de modo inevitable.
En la fotografía que ilustra el post, un policía antidisturbios iraní intenta defenderse de un manifestante que le ataca luego de haberle arrebatado la porra de reglamento a otro policía. Cuando se ven esta clase de imágenes, los regímenes dictatoriales afectados suelen tener los días contados.