El País, 12 de diciembre de 2009.
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domingo, 13 de diciembre de 2009
martes, 8 de diciembre de 2009
Caso Arona: del linchamiento mediático y policial como una de las bellas artes

Un demoledor artículo de José Yoldi en El País de hoy denuncia la cadena de insensateces bestiales que han llevado a la picota pública a un pobre chico canario que pretendía salvar la vida de su hijastra. Sucedió en el municipio tinerfeño de Arona, pero podría haber pasado en cualquier parte de esta España babeante de morbo e histerizada hasta el delirio.
Los hechos se resumen así:
Primer acto:
Una niña de 3 años cae de un columpio y se golpea la cabeza. Su madre y su pareja la llevan al médico; éste dice que la niña sólo tiene un golpe sin importancia, le da una aspirina y la manda a casa, asegurando que en un par de días estará corriendo por la calle.
Segundo acto:
Como la niña empeora y se queja de la cabeza, seis días después su padrastro la lleva a urgencias, adonde la cría llega en estado preagónico. El médico que la atiende dictamina que la criatura tiene secuelas de haber sufrido palizas, que tiene lesiones vaginales y anales y que ha sufrido quemaduras con cigarrillos. El padrastro es detenido por la Guardia Civil. La niña fallece a poco de ingresar.
Tercer acto:
La Guardia Civil interroga hábilmente al que no olvidemos es, en el peor de los casos y mientras no sea juzgado por un tribunal, un presunto violador y asesino. Se le presiona durísimamente para que reconozca la autoría del supuesto crimen, y según el detenido llegan a enseñarle las fotos de la autopsia de su hijastra mientras le gritan que confiese; como ven, hay cuerpos policiales por los que no pasan los siglos ni los regímenes políticos. El acusado, tozudo, no confiesa y no se mueve de su versión: la niña murió como consecuencia de una caída fortuita.
Cuarto acto:
Los medios de comunicación y singularmente las televisiones, entran a saco en el caso. Sobre una foto del detenido un periódico titula: "La mirada de un asesino". Otro diario afirma que en los interrogatorios el acusado negaba haber sometido a prácticas sexuales a su hijastra, pero que había reconocido las quemaduras y las palizas. En programas de televisión aparecen vecinas que aseguran estar al tanto de los malos tratos inflingidos por aquél monstruo a la criatura. Diversas asociaciones y grupos convocan manifestaciones de repulsa, y se pide la pena de muerte para esta clase de delitos.
Quinto acto:
Se hace pública la autopsia del cadáver de la niña. Los médicos forenses confirman la versión del padrastro: la niña murió como consecuencia de los efectos diferidos del golpe en la cabeza. No hay rastro de desgarros vaginales ni anales, ni tampoco de quemaduras con cigarrillos. Algunos problemas en la piel son perfectamente atribuibles a alergias, erupciones y similares.
El ridículo de los implicados (médicos, Guardia Civil, medios de comunicación, asociaciones...) es tan monumental, que todos callan como muertos. Sólo algunos periódicos considerados como "serios" piden disculpas en nombre del gremio.
Sexto acto:
El juez que lleva la causa que nunca debió comenzarse, se emperra en que siga la fiesta. Este individuo, de nombre Nelson Díaz, sigue sin archivar el proceso a pesar de que los dictámenes forenses han acabado de manera concluyente con cualquier resquicio indiciario que permitiera dar paso a una causa penal. Una verdadera lástima, porque de seguir la causa adelante el señor juez hubiera chupado más cámaras de televisión que un actor de moda.
Ni corto ni perezoso, el señor juez don Nelson Díaz dictamina "libertad provisional sin fianza" para el acusado y la obligación de presentarse cada 15 días en el juzgado. Si no hay delito ¿por qué no ha archivado el proceso y pedido disculpas al injustamente incriminado?.
Séptimo acto:
El joven que ha vivido este calvario termina hospitalizado, porque no hay salud mental que aguante lo que él ha pasado. Su abogado dice que van a ir a por los médicos, a por la Guardia Civil, a por los medios y a por cuanto carroñero ha intentado sacar beneficio de este asqueroso asunto (ojalá incluyan en el paquete a unas cuantas de esas vecinas lenguaraces, que explican con delectación ante la cámara atrocidades que sólo existen en sus delirantes imaginaciones).
Yo dudo mucho de que alguien se vaya a ver obligado a colgar la bata de médico o el tricornio de guardia civil por este caso. Hay tantos precedentes de "errores" semejantes tras los cuales sus autores lograron plena impunidad, que uno descree de que por una vez se vaya a hacer justicia. A estas alturas, lo único que cabe desear es que dejen en paz al chico, y que pueda rehacer su vida si le resulta posible. Por cierto, ya hay una televisión privada que le ha ofrecido hasta 300.000 euros por ir a su plató a explicar su drama, ese mismo que gentuza como ellos crearon de la nada.
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miércoles, 8 de agosto de 2007
Madeleine en el vertedero mediático

Nuestros vecinos portugueses tienen fama de gente seria y un poco triste, y también de ser trabajadores y callados. La policía portuguesa está demostrando poseer esas cualidades y algunas otras más, aún menos frecuentes entre sus colegas de este lado de la frontera, como son una paciencia infinita y un distanciamiento absoluto del espectáculo mediático.
Viene esta reflexión a cuento de las investigaciones en torno a la desaparición de la niña británica Madeleine McCann, que al parecer están a punto de culminar con la detención de los verdaderos responsables de lo que ya parece ser un asesinato, o como mínimo un homicidio involuntario. Según publica hoy el periódico lisboeta Diário de Notícias, la policía portuguesa está estrechando el cerco en torno al "núcleo familiar" de la la niña desaparecida, eufemismo con el que se apunta directamente a los padres de la criatura.
Dicen ahora los periódicos portugueses que desde hace un mes los investigadores tienen claro que la niña murió en el apartamento que ocupaba la familia, quizá a consecuencia de un accidente doméstico. La hipótesis policial se basa en rastros de sangre de la menor existentes en el apartamento, encontrados a pesar de que al parecer se había intentado eliminar cuidadosamente las manchas de sangre; también, y esto sería aún más revelador, en conversaciones telefónicas grabadas a los padres y otros familiares de la niña durante las últimas semanas.
El supuesto secuestro de Madeleine McCann, una cría guapa y con unos enormes ojos azules, se habría llevado a cabo el 3 de mayo, en Praia da Luz, una zona turística. Desde el primer día de la desaparición de la niña inglesa los medios de toda Europa, y singularmente los españoles y británicos, se abalanzaron sobre la noticia convirtiéndola en carnaza para el morbo y el estremecimiento populares. Se habló y escribió sobre "redes continentales" que secuestran niños para extirparles órganos, se aseguró que Madeleine había sido convertida en prostituta, se la ubicó en países árabes convertida en esclava sexual de algún jeque caprichoso... Es sabido que la fantasía de los fabricantes de mierda con licencia para intoxicar desde los "mass media" es infinita.
Y en fin, en estos casos siempre hay quien se agarra al clavo ardiendo para sacar lo peor que lleva dentro. Sin ir más lejos, hace algunas semanas leí en Internet un comentario atroz de un ciudadano británico, en el que el tipo expresaba su convencimiento de que la pobre Madeleine había sido secuestrada por españoles que seguramente la tenían escondida en algún lugar de España, "pues sólo en ése país pueden pasar cosas así"; la estupidez, el racismo, los viejos prejuicios y los clichés estereotipados responden fácilmente a la llamada del morbo y la truculencia.
Si finalmente resulta que, como en la inmensa mayoría de casos semejantes, los responsables de la desaparición y eventual muerte de Madeleine McCann forman parte de su "núcleo familiar", alguien debería abrir una reflexión en profundidad sobre cómo se ha llegado al vertedero en el que chapotean hoy día los "media" europeos y sobre qué medidas habría que tomar para atajar esta degración rampante, que ha convertido la prensa escrita y audiovisual en un templo del morbo en el que se rinde culto a lo más negro del alma humana.
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lunes, 2 de abril de 2007
La televisión hace daño a los políticos, los políticos dañan la televisión (y 2)

La conversión de la política en espectáculo televisivo es un fenómeno relativamente reciente en España. Durante el franquismo y los gobiernos reformistas de la Transición, la televisión y en general los medios de comunicación oficiales fueron usados desde el gobierno como escaparates de las políticas desarrolladas y amplificadores de los mensajes que los grupos gobernantes querían trasmitir a la sociedad. El régimen de monopolio sobre los medios públicos eximía a los gestores de la propaganda gubernamental de realizar alguna clase de esfuerzo a la hora de ingeniar formatos para el masaje.
Fue a partir de la aparición de las televisiones privadas cuando la política comenzó a convertirse en un producto al que había que promocionar en televisión atendiendo a valores nuevos. El mensaje ya no era indiscriminado, sino que debía tener en cuenta la segmentación de un mercado dividido en grupos de afinidad ideológica, pero también en función de la edad, del nivel educativo y profesional, del lugar de residencia y otros ítems significativos; los horarios de emisión se convertían en fundamentales, y el perfil del público en cada "time" condicionaba el mensaje concreto que se emitía. En definitiva, la propaganda política entró de lleno en la batalla por la captación de audiencias.
Obviamente no se vende un mensaje político como si fuera un detergente. Pero no todos los expertos comunicacionales al servicio de las diferentes fuerzas políticas han aprendido esto simultáneamente. La importación fiel hasta el plagio de los modelos norteamericanos ha sido otra de las características negativas en la transmisión de mensajes políticos ha través de la televisión. Y por último, la creencia ciega en el sobado dicho de que "una imagen vale más que mil palabras" ha convertido la política televisada, especialmente durante los períodos electorales, en una sucesión encadenada y repetitiva de imágenes coloristas sonorizadas con un fondo de consignas reiteradas y aplausos enfervorizados. Ya no se explican programas porque se suponen que no interesan a nadie, al menos no a la audiencia televisiva: el político se limita a lanzar frases cortas y directas, capaces de ser retenidas por cualquiera y de ser recogidas inmediatamente como titulares por el resto de medios.
El masaje político se administra en dosis a menudo letales para la inteligencia tanto del que emite como del que recibe los mensajes. Al final, la comunicación entre el político y los ciudadanos se desnuda de cualquier otro interés y circunstancia que no sea la transmisión obsesiva de mensajes y gestos que conduzcan a la adhesión a través del voto.
En ese sentido, la repetición machacona de frases y la comunicación no verbal adquieren un papel preponderante, y terminan por aplicarse a todas las comparecencias públicas del político hasta convertirse en su forma de expresión habitual. Explica Alfonso Guerra en el primer volumen de sus memorias que tras uno de los últimos mítines que Felipe González dio siendo presidente del Gobierno español, le sorprendió ver que una vez dentro del automóvil en el que abandonaban aquella ciudad González seguía saludando como si ante las lunas del vehículo se agolparan los simpatizantes; obviamente el líder socialista continuaba con el piloto automático puesto tras el acto de masas, ajeno a la realidad circundante.
En síntesis, parece obvio que el medio televisivo y sus supuestas exigencias han perjudicado notablemente al mensaje político, especialmente al modo en que se transmite a las audiencias televisivas. La imposición de reglas formales y estrictas en el cómo se transmite parece haber tenido un papel destacado en la progresiva banalización del mensaje político en su globalidad.
Pero asimismo la televisión ha recibido una fuerte y destructiva influencia del mundo de la política, que la viene usando desde casi su aparición como monaguilla en su transmisión a las masas de mensajes estereotipados y reclamos de adhesión acrítica. La capacidad innata e ilimitada de producir alienación que tiene el medio televisivo –el medio más dotado para el masaje al que aludía McLuhan-, ha tentado siempre a los políticos, que han buscado por todos los medios el modo de ponerla a su servicio. De hecho, la política contemporánea se ha simbiotizado de tal modo con el medio televisivo, que ya se desenvuelve y existe casi exclusivamente en televisión.
Hoy la política ya no se "transmite" como antaño, hoy la política se "hace" en televisión y para la televisión. En ese sentido programas como "Tengo una pregunta para usted", con su remedo de "parlamento popular" y su falsa cercanía entre políticos y pueblo, son la avanzadilla de la nueva era en la transmisión de mensajes políticos en el medio televisivo.
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jueves, 29 de marzo de 2007
La televisión hace daño a los políticos, los políticos dañan la televisión (1)
Cuando estudiaba Ciencias de la Información, a mediados de los años setenta, comenzaba a conocerse en España la obra del canadiense Marshall McLuhan, autor de una de las más célebres "boutades" en materia de comunicación al afirmar primero que "el medio es el mensaje", y posteriormente matizar desde la autoironía que "el medio es el masaje".
Con estas frases pegadoras aludía MacLuhan directamente al papel de los medios de comunicación de masas como elementos conformadores de la opinión pública, y sobre todo a los modos en que ejercen ese papel. Por aquellos años el mundo intelectual de izquierdas andaba muy preocupado con la influencia alienante que supuestamente ejercía la televisión en las masas; intelectuales europeos, suramericanos y algunos pensadores estadounidenses atribuían su control estricto a intereses imperiales (estadounidenses, claro; por aquél entonces la intelectualidad de izquierdas ni se planteaba que los soviéticos pudieran tener simétricas intenciones manipuladoras).
Pronto algunos avispados se dieron cuenta de que la capacidad de masaje de la televisión trascendía con mucho el ámbito de lo político. Así, la publicidad, un elemento que fue secundario durante los primeros años del fenómeno televisivo, ha pasado a convertirse en su verdadera razón de ser. La manipulación de las mentes ya no se producía de modo exclusivo desde el discurso político, sino sobre todo desde el "discurso social" que impregna la verdadera programación televisiva de hoy, que es la conformada por los espacios destinados a la publicidad en tanto películas, informativos, concursos, documentales, etc, quedan arrinconados a la condición de "ganchos" que mantienen la atención de la audiencia entre dos bloques publicitarios; de hecho, desde finales de los años noventa muchos programas televisivos (significativamente las teleseries de ámbito familiar, pero también los informativos más aparentemente serios) han comenzado a integrar publicidad en su propio desarrollo, como parte de lo que el telespectador ve y oye mientras se desarrolla la trama argumental o, en el caso de las noticias, se pasa de un bloque informativo a otro.
En esos mismos años setenta a los que aludía al principio como el momento en que llegó a nosotros la observación mcluhiana sobre los medios, el comunicólogo italiano Umberto Eco puso en circulación otra frase cañonazo: "El público hace daño a la televisión". Según Eco la televisión se limita a dar lo que le piden unas masas ignorantes y alienadas, que buscan en los medios confirmaciones y seguridades. "Sabemos lo que te gusta", dice un anuncio reciente de McDonald’s; se supone que el público reclama basura, y que los medios en general y particularmente la televisión se limitan a hacer negocio complaciéndole. En ese sentido, los cínicos suelen aducir que si la gente no viera telebasura, por ejemplo, se acabarían de inmediato esos programas vergonzosos, pues es sabido que los resultados de audiencia mandan por encima de cualquier otro concepto; olvidan que el proceso de intoxicación al que la televisión somete a sus audiencias genera en ellas tal grado de embrutecimiento, que como el yonki atrapado en la droga dura acaban por necesitar su dosis diaria para seguir adelante.
Estaríamos en suma ante un dilema intelectual semejante a la famosa disyuntiva a la que se enfrentaron los ilustrados del siglo XVIII, cuando unos afirmaban que el hombre nacía bueno y era la sociedad quien le pervertía, y los otros decían que el hombre nacía malo y era gracias a la sociedad que contenía sus instintos. El debate estaría ahora entre quienes creen que la televisión ya nació idiotizadora de masas y simplemente ha ido perfeccionando su rol, y aquellos que piensan que son las masas previamente idiotizadas quienes han moldeado la televisión a su gusto. Hay que convenir, en todo caso, que en cualquiera de las dos posibilidades el papel de la televisión en la sociedad contemporánea resulta realmente siniestro y nefasto.
Obviamente, la canalización del mensaje político ha ido acomodándose a los modos del masaje televisivo, aunque no sin ciertas resistencias formales. Del clásico busto parlante que monologaba mirando a la cámara y tratando de infundir confianza, se ha pasado en pocos años al político que de pie, al borde del escenario, "próximo" por tanto a la gente, responde a preguntas del público sobre asuntos tan diversos como la lucha contra el terrorismo o el precio de un café. Se trata de dar la sensación de que los políticos en sus apariciones televisivas integran al ciudadano y a sus preocupaciones; en los mitines televisados por, ejemplo, el público ya no se sitúa frente al político orador sino que literalmente le envuelve, situándose también a sus espaldas e incluso a sus costados. El político es arropado por los ciudadanos, que en los actos políticos destinados a ser difundidos por televisión son, sobre todo los que han sido colocados a su espalda –y por tanto frente a la cámara- jóvenes de buena presencia y aspecto variado -incluidos algunos miembros de minorías-, portadores todos de signos que les identifican con el orador y líder (camisetas, chapas, banderas).
Cuando el hecho comunicacional se produce en un plató televisivo, estos microcosmos son seleccionados con criterios que se quieren representativos de conjuntos sociales amplios (y en ocasiones, de toda la sociedad). Y no se limitan a actuar como comparsas pasivos del acto, sino que ellos mismos se constituyen en parte del masaje televisivo en la medida en que expresan sus opiniones y preocupaciones a través de preguntas que ocasionalmente se les da opción a formular, y que supuestamente representan el "sentir popular". Este tipo de formato, nacido en EEUU y pasado por Francia, en España se empezó a usar, curiosamente, antes en programas deportivos que en políticos; es ahora cuando ha irrumpido con fuerza, ante el agotamiento de las fórmulas tradicionales que, como en el caso de los debates entre candidatos, hace tiempo han dejado de interesar a los políticos.
No es extraño por tanto que no existan diferencias de fondo en el modo en que se preparan y realizan los castings, siempre a cargo de productoras privadas. Tanto si se selecciona a los concursantes de un programa como "Gran Hermano" como si se escoje a las personas que participarán en el recién estrenado formato político "Tengo una pregunta para usted", los criterios básicos son coincidentes y responden a unos patrones preestablecidos semejantes.
Tampoco es raro que durante su intervención en este nuevo programa, el presidente Rodríguez Zapatero se dirigiera más o menos inconscientemente a sus preguntantes como si fueran "diputados" que representaran al conjunto de la sociedad (de hecho, la escenografía estaba construida con esa intención), ni que el tono y el contenido de sus respuestas semejara enormemente a las que se producen en cualquier debate parlamentario, según ha hecho notar posteriomente la prensa al analizar su intervención. En "Tengo una pregunta para usted" todo está pensando para que los telespectadores crean estar asistiendo a una sesión parlamentaria en la que, por una vez, quienes preguntan y controlan a los políticos son los propios ciudadanos. Pura ficción televisiva, obviamente.
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