miércoles, 31 de marzo de 2010

Quitad el burka a las monjas


A finales del siglo XVIII el primer ministro "ilustrado" (reformista) de Carlos III, el napolitano marqués de Esquilache, tuvo la ocurrencia de poner faroles de gas en las calles y obligar a caminar por la vía pública a rostro descubierto sin embozarse en la capa, como era tradición inmemorial española. Las consecuencias fueron inmediatas: la Iglesia y la aristocracia, que le tenían unas ganas inmensas a Esquilache y a su grupo de ilustrados "pre-rojos", manipularon a las masas populares más ignorantes y teledirigieron un motín "espontáneo" en Madrid y otras ciudades, que a Esquilache le costó el cargo y casi la vida y a punto estuvo de dar al traste con el reinado del Borbón más civilizado que hemos tenido.

Con el tiempo se impuso el sentido común y las capas terminaron por acortarse, las calles se iluminaron convenientemente y a la Iglesia y a la aristocracia les fue fallando el poder de convocatoria. Pero para Esquilache y tantos otros reformistas como él, ya era tarde. El napolitano que llenó Madrid de "latinos" (músicos, pintores, escritores, científicos, altos funcionarios...) que vivían agrupados en un barrio muy cerca del Palacio Real, murió en el exilio, al que había huido amargado por el desprecio cosechado entre las "gentes bajas", españolas esas a las que iluso de él pretendió beneficiar y civilizar.

Durante muchos años después de Esquilache empero, siglos en realidad, las mujeres de este país, de Galicia a Baleares y del País Vasco a Andalucía, a partir de cierta edad han vestido de negro de la cabeza a los pies, disimulando las formas femeninas con ropones amplios y dejando ver apenas el rostro. En Baleares, hasta hace muy pocos años, las viejas se cubrían de tal manera que sólo se les veía los ojos. Y naturalmente ahí están las monjas fuera cual fuese su congregación; hasta los años 60 o 70 del pasado siglo, todas se cubrían de la cabeza a los pies con verdaderos burkas. En la mayoría de órdenes de clausura estas mujeres vivían encerradas sin contacto con otros seres humanos que no fueran su confesor, algún familiar muy directo o en caso extremo de enfermedad un médico de confianza; en pleno siglo XX, aún se estilaba en las comunicaciones entre estas secuestradas en vida y personas del exterior del convento que la mujer se cubriera el rostro con una redecilla tipo mosquitera, que impedía incluso verle los ojos.

En los años 90 un servidor aún vio ancianas campesinas ibicencas vestidas y tapadas como bereberes de épocas pasadas. Y es que el mejor medio de combatir un clima extremadamente seco y caluroso es precisamente taparse por completo. A partir de esa constatación antiquísima se ha segregado la costumbre, devenida primero en práctica cultural y más tarde religiosa, de la que las mujeres cristianas del sur europeo se han ido desprendiendo en las últimas décadas, pero que aún persiste, reciclada en pura ideología, en las sociedades musulmanas. De hecho, el velarse se está convirtiendo en una forma de afirmación de identidad para muchas mujeres musulmanas que en puridad, ni siquiera son religiosas.

No cabe duda de que iniciativas como la que según El País de hoy promueve el gobierno de Bélgica, en el sentido de prohibir por ley el uso del burka en espacios públicos, contribuye a ahondar más si cabe la división entre quienes consideran el uso de ese tipo de prendas una opción particular por absurda que sea, y quienes quieren imponer una visión contraria asimismo particular y basada a su vez en prejuicios socioculturales. La extrema idiotez que manifiesta el gobierno belga en el modo de manejar este asunto augura un estallido de fervor identitario en masas de jóvenes belgas de origen magrebí, que verán en el uso de prendas rechazadas por los "cristianos europeos" una afirmación de su personalidad y a la vez un canal de rebeldía frente a una sociedad que se manifiesta incapaz de acogerles debidamente, y que sólo sabe recurrir a la represión como instrumento para ubicarlos socialmente.

Se impone una reflexión sensata en torno a estos asuntos simbólicos, siempre lejanos a los problemas reales pero a menudo espoletas de conflictos que pueden degenerar en quiebras sin remedio de la convivencia (o la coexistencia, según casos). En última instancia si los gobiernos europeos quieren comenzar la persecución de esta clase de vestimentas dando ejemplo, que prohíban las vestimentas de las monjas, ya sea en versión burka duro o en esas adaptaciones postmodernas con cofias de diseño y faldas a media pantorrilla. Porque lo realmente significativo no es el largo del vestido sino la función social y cultural de éste, y en eso no hay diferencias entre nuestras amables monjitas y las mujeres afganas.

La fotografía que ilustra el post está tomada de la web de la archidiócesis de Madrid, y muestra a un grupo de monjas completamente veladas durante un ritual católico actual.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Amables monjitas?.

Fanáticas, reprimidas y la mayor parte de ellas, maltratadoras, autoritarias y malas personas. Al menos las que yo tuve la mala suerte de conocer, y fueron muchas.

Marian

Joaquim dijo...

Es una ironía, Marian, una pura ironía :)

marta dijo...

¡Ay, qué complicado es este asunto!

Efectivamente el uso del velo en determinados ecosistemas deviene en una mayor protección para las personas que lo usan: se crea un microclima en el interior y protege de los rayos solares. De ahí a usarlo como elemento identificador de un grupo social, religioso o étnico no hay mucho camino.

Por otra parte el grave problema en el asunto es la imposición, tanto de su uso como el del no uso.
Finalmente, el persistente goteo de actitudes propias de determinadas creencias religiosas sobre el ámbito público no creo que ayude mucho a mejorar la cuestión.

Hoy mismo he podido escuchar en la radio pública RNE 1, una semiarenga recordando al personal ¡qué en estos dias está prohibido comer carne!.

Es decir, que si en una sociedad en la que presumimos de laicismo tenemos que afrontar cada dia cuestiones semejantes, me pregunto qué no será en sociedades que se reconocen creyentes y hacen de esa creencia su aglutinante principal.

Joaquim dijo...

Marta, lo que dices en tu último párrafo constituye el núcleo del asunto. Ocurre que la supuestamente laica y tolerante Europa es incapaz de soportar que otros hagan ostentación de símbolos identitarios propios y distintos al de nuestra civilización.

El problema radica en que la "república" europea ya no confía en su poder de seducción. Nuestra civilización, que tan atrayente ha sido para quienes habitando fuera de nuestro continente aspiraban a una vida más libre y más digna, se ha quedado reducida al imán del dios dinero. Ya nadie viene a Europa buscando valores universales nacidos aquí como la revolución, la libertad, la democracia, la justicia social, la cultura creativa o cualquier otro de esos ítems que tan preciosos han sido para el género humano. Europa ya no es más que un balneario lujoso y decadente en el que vegeta un grupo de ricachos cagados de miedo porque los empleados de piel oscura que tiene subcontratados por una miseria se rebelen y destruyan su bienestar material.

pena dijo...

Curiosa la forma de reaccionar de las mujeres, para reforzar nuestra identidad asumimos o reivindicamos lo que nos invisibiliza o niega. Los hombres musulmanes llevan la ropa que les da la gana y no por eso dejan de ser o son más de lo que son. Ellas por decisión propia, por intimidación, por violencia han de llevar velo, taparse, etc. en fin nuestro mundo no es el que mejor defienda la dignidad de las mujeres, pero con lo que nos ha costado soltar el lastre, prefiero defender mi parcelita de "libertad" aunque sea con todas las contradicciones del mundo. El patriarcado nos ha negado siempre, hacerle el juego es algo triste. Saludos.

Estela dijo...

Como dice Marta ¡complicado tema!

Por un lado como dice Joaquín "Ocurre que la supuestamente laica y tolerante Europa es incapaz de soportar que otros hagan ostentación de símbolos identitarios propios y distintos al de nuestra civilización" y por otro ¿por qué tienen que ser las mujeres las que lleven esos símbolos? ¿lo deciden ellas "voluntariamente"? Perdonar pero dudo de la supuesta decisión libre de las mujeres.

En una cultura tan parternalista y que mediatiza tanto el papel de la mujer me parece muy arriesgado hablar de "decisión voluntaria" la de las mujeres de convertirse en invisibles, yo más bien lo veo como algo discriminatorio e impuesto y sinó si se trata de algo cultural que se pongan todos burka: ellos y ellas

antoñito dijo...

Joaquim:
Tal vez esto te molesto (por lo que te curras tus entradas), pero donde realmente has dado en el clavo no es en tu entrada general, sino en tu respuesta a Marta.
¿Dónde está el límite de las identidades y los complejos de cada cual?
En cualquier caso, las monjas emburkadas sirven para poner nervioso a mi ex-suegro. En sus horas bajas, para darse una alegría, se pasea alrededor de un convento de su barrio.
Yo le digo que parece un acosador y él dice que sí, que es verdad.
Salud y cirios pascuales.

Joaquim dijo...

Como casi siempre, quien paga los platos rotos en estos diferendos son las mujeres. No olvidéis, amigas, que las religiones son construcciones de hombres, y que su función primordial es preservar el poder de hombres sobre otros hombres...y naturalmente sobre las mujeres.

Antoñito, bicho, según tú debo parecerme a Felipe Gonzalez, de quien los cronistas parlamentarios decían que hacía unos discursos bastante corrientes pero que en las réplicas, ya sin papeles en la mano, se crecía qur no cabía en la tribuna -:) Un abrazote.

marta dijo...

Bueno, el asunto de la voluntariedad del uso del velo creo que debemos abordarlo desde la mentalidad creyente de las mujeres que lo usan. Creo que conviene recordar el término marxista "alienación" aplicada al ámbito religioso.

Por otro lado, nuestra perspectiva no creyente no es fruto de un par de dias de reflexión, sino que lleva detrás siglos de trabajo. Trabajo con resultados muy frágiles, a juzgar por la creciente invasión del ámbito religioso en el espacio público, como puede comprobarse en estos días. Y no hace falta recordar que novias hay van con velos a celebrar sus matrimonios a los juzgados.

Por otro lado, deslindar un acto religioso de una imposición machista en una de las religiones patriarcales más potentes que existen en la actualidad requiere de una fina tarea de cirugía. Por que ¿qué posibilidades hay de que tras la repetida llamada a la ortodoxia religiosa tradicional del uso del velo no hay un intento de perpetuar el poder político de determinados grupos de creyentes, que como en el ambito occidental, han visto muy amenazado su poder secular por movimientos como el feminista?

Me gustaría igualmente recordar algunas palabras de Fatma Mernissi (libro El poder olvidado): el velo islámico es visible, pero las occidentales están padecen velos invisibles (techos de cristal laborales, dobles jornadas de trabajo, estereotipos estéticos antinaturales, etc.)

O las palabras de Sophie Bessis (imprescindible el libro Los árabes, las mujeres, la libertad destacando la aplastante mayoría de mujeres en paises árabes tanto en sectores secundarios y terciarios (educación, sanidad y funcionariado), la situación de las mujeres y el lugar que se les deja ocupar y lo que ellas desean, el retroceso a una tradición que reinventa su conexión con un supuesto Islam primigenio y que ignora a los grandes pensadores musulmanes que creyeron en la compatibilidad del Islam con un pensamiento liberal. En esta vuelta atrás las mujeres son de nuevo utilizadas para salvaguardar esa supuesta identidad musulmana teniendo como único objetivo ser “madre de musulmanes”.

Es decir, que tenemos aquí un buen lio ideológico, me temo. Un saludo

Joaquim dijo...

¡Bueno, las aportaciones que estáis haciendo a este debate son de una altura que es difícil encontrar en blogs especializados!

El concepto clave aquí es, ciertamente, "alienación religiosa". Ése es el punto de bloqueo, y de confrontación entre quienes, moros o cristianos, la padecen.