lunes, 29 de junio de 2009

Centroamérica golpe a golpe


Un golpe de Estado en Honduras viene a ratificar la fragilidad de los procesos de democratización en el istmo centromericano. Descontando la estabilidad costarricense, el resto de países de la región acumula una larga historia de asonadas, golpes, rebeliones y hasta alguna que otra revolución popular.

Lo de Honduras no es más que el enésimo cuartelazo vicario dado por cuenta de los grupos dominantes del país. Ni el presidente Zelaya ni quienes le han echado del poder representan nada en términos de cambio social real. Manuel Zelaya es un terrateniente reaccionario pero no completamente estúpido, que ha visto en el chavismo la posibilidad de amarrarse al sillón presidencial más allá del mandato obtenido, nada más. Sus propios compañeros de partido y de club social han llamado a los gorilas, con el encargo de que lo sacaran del palacio presidencial. En la asonada han contado con el apoyo de la oligarquía hondureña en pleno, expresado a través de los pronunciamientos de empresarios, Iglesia católica, instituciones del Estado, el Parlamento, la judicatura y los militares. Como Zelaya no es precisamente Allende -aunque el coro chavista haya comenzado a intentar presentarlo como tal-, el hombre se ha subido rápidamente al primer avión que le han ofrecido los uniformados y se ha ido a Costa Rica, país que tiene una larga tradición de recoger presidentes vecinos derribados por asonadas de gorilas.

Solucionado el affaire al modo tradicional, Honduras vuelve a lo de siempre: explotación, miseria, segregación racial, machismo, política oligárquica... Si durante los años sesenta y primeros setenta la Centroamérica popular se lanzó desesperada al monte guerrillero, en busca de una oportunidad para romper con las estructuras injustas existentes al menos desde los tiempos de la Colonia, en los inicios del siglo XXI malvive atrapada en la trampa infernal del populismo, esa ideología criolla de origen urbano y pequeño burgués que primero infectó a la izquierda desnortada y ahora está siendo reciclada por las derechas caciquiles como modo de blanquear su dominación; recordemos que ya Perón invocaba el "antiimperialismo norteamericano" como uno de los puntales de su gobierno, lo que no le impedía hacer pingües negocios con el supuesto enemigo. Hoy los Zelaya y otros como el presidente hondureño derrocado pretenden vender la misma burra, modernizada, con el apoyo de los petrodólares "bolivarianos", benéfico maná engrasador de voluntades que por cierto, comienza a escasear en toda América como consecuencia de la baja del precio del petróleo y la recesión económica mundial.

El pulso acaba de abrirse en Centroamérica, quizá porque al nuevo Emperador del Mundo se le presume menos intervencionista que su predecesor, y Chávez necesita urgentemente ganar apoyos. Veremos cuál será la reacción de Washington a estos escarceos.
En la fotografía, Daniel Ortega y Manuel Zelaya subidos a un avión de combate "antiimperialista".

2 comentarios:

Sergio G. Rabadá dijo...

El problema en Honduras es más complicado aún de lo que parece ya que la constitución posee una cláusula extraña, que castiga con la pérdida de la ciudadanía a todo aquel que incite, promueva o apoye el continuismo presidencial, conducta en la cual Zelaya puede considerarse que ha caído.

Pero pese a esto, a que el Presidente estuviese incitando, apoyando, promoviendo, una conducta anticonstitucional, las formas de quitarlo del cargo no parecen ni razonables ni legales.

He estado leyendo la constitución hondureña y me he ganado una jaqueca de campeonato, te recomendaría que si lo hacés dispongas de aspirinas bien a mano.

Un abrazo.

Joaquim dijo...

Hace muchos años, durante la revolución sandinista -digo, la de verdad-, en un Informe Semanal un reportero de TVE preguntaba a un jefe indio miskito: "ustedes a quiénes apoyan ¿a los sandinistas o a los Contras? El indio se encogió de hombros, y contestó: "Ah, mire usted, ésas son peleas entre españoles de Managua, nosotros no sabemos de eso".

El golpe contra Zelaya, más allá de lo que digan los textos constitucionales hondureños y de cuales fueran las intenciones últimas de la reforma de éstos que pretendía el presidente, no deja de ser una disputa entre oligarquías "españolas" hondureñas. El pueblo una vez más, ha sido llamado como carne de cañón para colaborar en la resolución de una pugna que en cualquier caso, no modificará en absoluto la estructura oligárquica del poder.

En Honduras no hay ni siquiera una República Islámica que derribar: el Country Club de Tegucigalpa continuará hegemonizando el país, con Zelaya o sin Zelaya.

Un saludo cordial.