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sábado, 8 de mayo de 2010

Futbolistas junto a la puerta del armario


Dos futbolistas profesionales del FC Barcelona, Zlatan Ibrahimovic y Gerard Piqué, fueron captados esta semana mientras hacían manitas junto al coche del sueco, en las cercanías del estadio del Nou Camp. Nada había de escandaloso en la pose, que parece más bien romántica y desvela un punto de sensibilidad sorprendente en dos supuestos gladiadores de los estadios. Hasta aquí, nada que decir: por mí como si se casan, que en España es posible; total, no iban a invitarme a la boda...

Luego han venido las reacciones a una fotografía que dio la vuelta al mundo en pocas horas. Lo que llama la atención no es tanto la furiosa de los interesados -que han defendido su "hombría" a grito pelado y con insultos de grueso calibre contra quienes a la vista de la imagen, sostienen que ahí hay algo más que compañerismo de vestuario-, sino sobre todo por parte de los medios, sean "serios" o prensa deportiva; todos han protegido a los protagonistas con un espectacular sudario de silencio. Y es que buena parte del éxito popular del fútbol-espectáculo radica en que supuestamente se trata de un "deporte de machos" de cuya práctica profesional están excluidos los maricones.

Repito que si el dúo de la foto son parejita homosexual, bisexuales echando una canita al aire o simplemente cariñosos compañeros de orgías propias de machos -ya saben, esas a las que tan aficionada parece ser la plantilla del eterno rival, el Real Madrid-, es cosa de ellos y allá se las compongan. Pero estaría bien que se rompiera de una vez un tabú estúpido y reaccionario: ése que dice que en un vestuario de futbolistas no puede haber un homosexual, cuando sabemos por el contrario, que es precisamente en los grupos cerrados de hombres solos (véanse curas y militares), donde los porcentajes de homosexuales ejercientes o reprimidos superan la media habitual en el resto de la población.

lunes, 19 de abril de 2010

A la pureza por la castración, o viceversa


Dice "Le Monde" hoy que un empleado municipal de la "commune" deSaint-Josse, una de las que componen Bruselas, "ha castrado cinco estatuas de la Academia local de Bellas Artes por creer que eran indecentes". El tipo dijo que con su acción pretendía "proteger a los niños de una escuela cercana, para evitarles que quedaran negativamente impactados al pasar por delante de las estatuas".

La verdad es que locuras como esta ni son nuevas ni son infrecuentes. Sabemos que un Papa renacentista hizo pintar estratégicos ropajes sobre las partes pudendas de las figuras lanzadas por Miguel Ángel a los techos de la Capilla Sixtina; otros les pusieron hojas de parra a las estatuas romanas o a sus copias en Italia y en otros países durante los siglos siguientes; y en fin, hace dos o tres años un imbécil que ejercía como Fiscal General del Estado de George Bush hizo cubrir la teta desnuda que enseñaba una alegoría en mármol de la Justicia en las escalinatas de la sede del más alto tribunal de los EEUU. Así que la cosa tiene antecedentes, como digo.

Lo novedoso del caso es que el energúmeno belga se entregó a la destrucción con el ánimo de "proteger" a unos niños que francamente, no parecen haber quedado nada traumatizados por la visión continuada de lo que el celoso empleado quiso evitarles seguir viendo. En realidad es muy posible que los niños, al contrario que el tarado castrador, ni siquiera hubieran reparado en el asunto, y que en todo caso se lo tomen con una naturalidad que el tipo en cuestión nunca ha conocido. Porque el corolario de esta historia, su enseñanza honda, es que los elementos verdaderamente peligrosos en estos temas son quienes pretenden que sus propias obsesiones son las que dominan a los demás.

En definitiva, cualquier psiquiatra diría que a quien estaba castrando el empleado belga no era a las estatuas, sino a sí mismo. ¡Qué lección para Rouco Varela y secuaces!.

En la imagen, el Juicio Final, de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina. Obsérvense los taparrabos pintados por Volterra sobre los cuerpos originales, que se han mantenido tras la reciente restauración de los frescos.