viernes, 3 de julio de 2009

Espías de hojalata


La dimisión de Alberto Sáiz como máximo responsable del CNI (servicios de espionaje y contraespionaje español), me recuerda un viejo dicho de los ambientes políticos del norte de África, que en relación con distintos servicios secretos europeos que actúan de antiguo en la zona, reza así: "los ingleses pagan y no pegan, los franceses no pagan y pegan, y los españoles ni pagan ni pegan". También es inevitable recordar a costa de los servicios españoles (cuyo espíritu y estilo es cien por cien militar, militarizado y militarista), aquello que dejó dicho Groucho Marx de que "inteligencia militar son dos términos contradictorios". En resumen, que si hay un organismo esencialmente inútil en el Estado español son esos servicios de presunta inteligencia, cuya labor en relación con la seguridad del país resulta prácticamente inédita y que al parecer coleccionan cagada tras cagada allá donde intervienen.

Es obvio que a Sáiz lo han echado del CNI como consecuencia de una conspiración, urdida en su contra por el amplísimo colectivo de Mortadelos (nombre en broma de los espías españoles, alusivo a un patoso espía de cómic) que profesa ideas y acciones de extrema derecha, en coordinación orquestada con una campaña insidiosa de meses llevada a cabo por la perrera mediática, cuyo objetivo central ha sido distraer la atención pública del caso Correa (cobrada la pieza, los Pedro J. y compañía ya deben estar buscando una nueva víctima a la que acosar). Pero lo cierto es que Sáiz ha cometido errores imperdonables, que por sí mismos le ponían a los pies de los caballos y hacían inevitable su cese a medio plazo.

Por citar sólo dos casos recientes, hay que mencionar el cierre obligado de la "antena" (grupo informativo/operativo) del CNI en el norte de Marruecos, expulsados por el gobierno de ese país por sus actividades al parecer poco amistosas hacia el régimen de Mohamed V, lo que puede tener graves repercusiones en la lucha contra el terrorismo islamista en una zona especialmente neurálgica y próxima a España. Aunque el segundo es más vergonzoso, si cabe: se trata del monumental sainete caribeño organizado en Cuba por una especie de agente doble, triple o quizá cuádruple, un teórico "delegado comercial" del gobierno vasco (al PNV le ha encantado siempre jugar a los espías: recuérdese el asunto del asesinato de Galíndez en 1956, y la participación de los servicios vascos en la fundación de la CIA), que resultó ser un agente a sueldo del CNI español (¡la cara que se les habrá quedado a Arzalluz e Ibarretxe al saberlo!), y que probablemente también trabajaba para el G-2 cubano y la CIA norteamericana. La caída de este individuo, un tal Conrado Hernández, supuso en Cuba nada menos que la destitución del vicepresidente Carlos Lage y del ministro de Exteriores, Pérez Roque, con quienes Hernández mantenía contactos regulares no se sabe bien para qué; una hipótesis es que todo fue una trampa de los servicios secretos cubanos, fieles a Raúl Castro, quien habría urdido un plan para deshacerse de políticos no bien vistos por la ctual dirigencia del régimen castrista. El papel del CNI en esta historia ha sido tan desairadamente ridículo, que sus agentes se han visto obligados a salir de Cuba de una manera nada heroica.

En un intento desesperado por hacerse con el control del servicio, Saiz planeó una purga interna que comportaba la expulsión del CNI de 60 agentes. Pero el gobierno español no le permitió llevarla a cabo, y el jefe de los espías debió darse cuenta de que había llegado el momento de irse un minuto antes de que le echaran.

El remate de la faena ha sido el nombramiento del general Félix Sanz como nuevo jefe del CNI. Con ese nombramiento, Zapatero, su verdadero inductor, mata varios pájaros de un solo tiro: coloca a un militar al frente de una institución que visto el desmadre interno en el que vive, si algo necesita es un poco de disciplina; yugula la posibilidad de que en adelante el PP siga machacando al responsable del CNI, pues nadie entendería que el partido de la derecha española acosara a un militar, como ha hecho con el civil Sáiz; y en fin, envía un recado muy duro a Carmen Chacón, la ambiciosa ministra de Defensa que en su día destituyera al general Sanz como jefe de Estado Mayor (al parecer sin comunicarle sus intenciones al presidente Zapatero hasta que estaba hecho), siendo Félix Sanz uno de los escasos hombres de confianza del presidente español en el Ejército. Al repescar al general para este cargo, Zapatero da un nuevo aviso a Chacón.

De todos modos, y vista la utilidad de estos espías de hojalata, quizá lo mejor que podría hacer el Estado español sería ahorrarse el dinero que nos cuestan a los contribuyentes y disolver el CNI cuanto antes. Tampoco se iba a notar demasiado.

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