
Si ha habido un personaje siniestro en la política y la economía española del tardofranquismo y la Transición, ése ha sido Antonio García Trevijano.
Antiguo miembro del Consejo Privado del pretendiente Juan de Borbón y posterior aspirante a la presidencia de la Tercera República Española, García Trevijano es un personaje que a lo largo de su ya dilatada vida se ha movido siempre por despecho e interés, sin que a ciencia cierta se pueda dilucidar donde comienza el uno y acaba el otro.
A García Trevijano se le ha vinculado con la CIA, y desde luego con los negocios que en régimen casi monopolístico realizaba en Guinea Ecuatorial el almirante Carrero Blanco. Hay certeza total de que García-Trevijano fue mucho más que un asesor político y un socio económico de Francisco Macías, la bestia asesina que Carrero dejó tras de sí cuando el régimen franquista concedió a Guinea Ecuatorial una independencia que se pretendía tutelada. Aunque Trevijano cuando le preguntan, finja no saber nada de las matanzas de guineanos que se producían en sus mismas narices.
Muchos años después, a mediados de los noventa, se barajó el nombre de Trevijano como posible presidente de la chusca República de opereta que llegó a alucinar, en aquellas reuniones de coordinación conspirativa celebradas en el chalet de Pedro J. Ramírez, la llamada Triple A (Ansón, Aznar y Anguita), en los tiempos de infamia en que se puso en marcha el "Golpe de Estado difuso" (Ramón Cotarelo) que buscaba desalojar al PSOE del Gobierno al precio que fuera, "incluso poniendo en riesgo la estabilidad del Estado", tal como confirmó años más tarde el propio Ansón en unas sonadas declaraciones.
Ya con el PP en el poder, se relaciona a García Trevijano nada menos que con Gómez de Liaño, el juez prevaricador y posterior asesor de la defensa de narcotraficantes británicos, el mismo que envió a la Policía Nacional a secuestrar en las tiendas de electrodomésticos las listas de abonados al Canal Plus de Sogecable. Había que silenciar El País y sus empresas como fuera.
En fin, la catadura moral y política de éste individuo viene siendo cuestionada públicamente desde los tiempos de la Plataforma Democrática, cuando el PSOE se negó a aceptarle como interlocutor designado por la Junta Democrática, el organismo de oposición al franquismo creado por el PCE y del que Trevijano formaba parte. Su posterior inquina a los socialistas españoles se originó en ese episodio, que Trevijano jamás ha digerido.
Ahora, éste aventurero impresentable reaparece con un blog, y con todo el descaro del mundo reemprende la tarea que mejor sabe hacer además de llevar a cabo turbios negocios: intoxicar a diestro y siniestro e intentar manipular a la opinión pública. La tesis central, por llamarla de alguna manera, de un vómito que acaba de pergeñar a propósito del caso de corrupción en el Ayuntamiento de Estepona, es que el sistema político español se basa "en la extensión y la intensidad de la corrupción". Es el viejo discurso fascista: "todos son iguales, entregadnos el poder a los profesionales".
Locos estaríamos caso de hacerlo, pues en materia de corrupción el alcalde de Estepona y la plantilla completa de acusados en el "caso Malaya" no son más que unos aprendices, si se les compara con el maestro de maestros García-Trevijano.
Veremos adonde llega la resurrección de semejante fantasma, al que ni siquiera el PP dá chance. Aparte de Pedro J. y su diario, a Trevijano ya sólo le queda Anguita. No parece mucho para quien aspiró a presidir la República, luego de no haber podido coronar un rey y de haberse asociado con un dictador sanguinario.