
El portugués José Saramago es una de las mentes más lúcidas que quedan sobre la vieja Balsa de Piedra (así llamó a la Península Ibérica en una de sus más divertidas e intencionadas novelas), cuya superficie comparten desde hace siglos el Reino de España, la república de Portugal, el principado de opereta llamado Andorra, y la colonia de Su Graciosa Majestad que responde por el nombre de Gibraltar. Pocos intelectuales de la talla de este hombre sobreviven en el peñasco ibero en estos tiempos de globalización y pensamiento único.
A sus 85 años, Saramago acaba de lanzar una bomba de grueso calibre sobre el adormecido escenario político, social y cultural ibérico: su convencimiento de que el futuro para los (hoy) dos Estados que ocupan la Península pasa irremediablemente por un proyecto iberista. En realidad no hay otro futuro para ambos, viene a decir en una larga y enjundiosa entrevista en el lisboeta Diário de Notícias.
Nada nuevo, en todo caso: así lo llevan señalando desde hace más de un siglo distinguidos intelectuales portugueses, todos ellos -no puede ser de otra manera- de izquierdas. Ocurre que el sueño de la unidad ibérica comienza a calar entre una parte notable de la población portuguesa. Y la voz poderosa y respetada de Saramago le confiere una dimensión pública y una presencia en los medios que hasta ahora no ha tenido.
Falta conocer la reacción de la parte española, la política y la popular, ante estos planteamientos. En todo caso el iberismo no debe entenderse como la absorción del Estado portugués por su vecino español -vieja aspiración de la derecha reaccionaria española-, sino como la creación de un ente superador de ambos en el que de una puñetera vez quepamos a gusto, en plano de igualdad y de respeto mutuo, todos los hijos de Iberia. Y todos significa eso, todos.
La República federal ibérica se acerca. Algún día le dedicará un busto a José Saramago, uno de sus más ilustres y preclaros precursores.
¡Viva Iberia y viva Saramago!.

