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martes, 1 de junio de 2010

Esperando un Annual en Afganistán


Dice El País que el presidente federal de Alemania, Horst Köhler, democristiano, "presentó ayer su dimisión". El motivo para tal decisión radica al parecer en unas declaraciones recientes, "en las que se refirió a la presencia del Ejército alemán en Afganistán y a la protección de los intereses económicos de Alemania".

Resulta que durante una visita que giró recientemente el ya ex jefe del Estado alemán a las tropas de su país estacionadas en Afganistán, se conoce que el hombre tuvo un ataque de sinceridad y declaró a la radio pública de su país que "En casos extremos es necesaria la fuerza militar para asegurar nuestros intereses, por ejemplo la salvaguarda de nuestras rutas comerciales", refiriéndose a la presencia de militares alemanes en el país asiático. A partir de ese instante el presidente Köhler recibió palos de todo el espectro político, hasta que ayer mismo decidió tirar la toalla.

Aunque prácticamente desconocido por la prensa y el público fuera de Alemania, Horst Köhler no es precisamente un recién llegado ni un político de segunda fila. Hace unos años fue director del Fondo Monetario Internacional, y gozaba hasta ahora de la plena confianza y el completo apoyo de la canciller Angela Merkel, quien propició su candidatura en los dos mandatos que Köhler llevaba en la presidencia de su país.

Evidentemente esta es una noticia a la que los medios le están poniendo toda la sordina del mundo. Que un político de derechas del nivel del ex presidente alemán reconozca en público que Alemania -y por consiguiente, el resto de países que la acompañan en la aventura- está en Afganistán defendiendo sus intereses comerciales, revela el calado real de la "misión humanitaria" que los ministros, ministras, y alguna ministrita del ramo europeos nos intentan vender, con fortuna decreciente eso sí. Afganistán sólo engorda las cuentas corrientes de los de siempre, y los soldados profesionales que van allí deberían saber que si mueren lo estarán haciendo por la paga mercenaria que perciben, desde luego, pero sobre todo defendiendo los intereses de empresas que por ejemplo construyen carreteras donde no hay vehículos que las recorran (salvo las patrullas militares extranjeras).

En fin que como en los tiempos de las viejas guerras coloniales en el Rif marroquí a principios del siglo pasado, los soldados españoles matan y eventualmente mueren para que accionistas de Madrid y de otras capitales occidentales acumulen más beneficios a los ingentes que ya perciben. En aquellos años la guerra contra las cábilas marroquíes se hacía a mayor gloria de España y protección de los dividendos de la compañía Minas del Rif, entre cuyos principales accionistas figuraban Alfonso XIII, verdadero arquetipo de monarca español, y el general Silvestre, el inútil responsable directo del Desastre de Annual, en el que dejaron la piel 11.000 soldados (reclutas forzosos) españoles.

Por lo visto, habrá que esperar a otro desastre similar en Afganistán para que el presidente español, el FMI, Obama o quien sea que realmente mande en Moncloa, decrete el final de la aventura española en los secarrales y colinas afganos.

En la fotografía que acompaña el post, cadáveres de soldados españoles en la posición Annual /Marruecos, 1921.

lunes, 1 de febrero de 2010

Muerte de un mercenario


Desde los tiempos en que Franco llenó la Guerra de España de cabileños marroquíes, nazis alemanes y tropas fascistas italianas, en este país al que algunos llaman Estado no se había vuelto a ver tal cantidad de mercenarios enrolados en el ejército español, descontada naturalmente la Legión, oficialmente llamada durante décadas Tercio de Extranjeros pero cuyo componente de mercenarios siempre fue reducido excepto en sus primeros años.

El paro aprieta y la soldada no es moco de pavo, así que son muchos los inmigrantes sobre todo latinoamericanos que se enrolan bajo la bandera de la antaño llamada Madre Patria. Así se dan situaciones tan chocantes, y hasta chuscas dentro de la tragedia, como la producida hoy cuando en el Telediario de la Primera de este mediodía la locutora ha anunciado la muerte en un atentado sucedido en Afganistán de "un soldado español de nacionalidad colombiana" (sic). Obviamente si es colombiano no puede ser español, aunque este sea un error bastante frecuente en otros ámbitos (resulta curioso oír llamar al equipo del FC Barcelona "los jugadores catalanes", cuando en esa plantilla se integran los Messi, Ibrahimovich, Henri, Márquez, Keita etc, o referirse al "equipo español" por antonomasia, que resulta ser el Real Madrid de los Kaká, Ronaldo, Diarra, Benzema y resto de mercenarios balompédicos de lujo).

Estos chavales que se juegan y pierden la vida de vez en cuando vistiendo el uniforme militar español no son obviamente inmigrantes de lujo. En su inmensa mayoría es gente sin oficio ni beneficio, que ven en la vida militar su única posibilidad de tener un empleo bien pagado sin necesidad de tener prácticamente formación académica alguna ni experiencia laboral previa. Es tradición milenaria, de Roma a hoy, que los jóvenes de países ricos no quieran servir con las armas, y que el Estado tenga que acabar recurriendo a contratar bárbaros (es decir, habitantes de más allá de sus fronteras) para poder mantener en pie su aparato militar. El ejemplo más gráfico y brutal de esto lo tenemos en el ejército de EEUU, plagado de miembros de las minorías desfavorecidas, que son enviados a luchar y a morir allá donde el Imperio necesita carne de cañón para afianzar sus intereses. El anzuelo es un buen sueldo, y sobre todo la posibilidad de acceder a la nacionalidad estadounidense y a estudios que les capaciten para ganarse la vida una vez fuera del ejército. Eso los que sobreviven, naturalmente.

España ha emprendido esa senda desde hace algunos años y hoy su ejército está poblado de jóvenes mercenarios, en un porcentaje seguramente muy superior al peso de la población inmigrante en el conjunto de la sociedad española ( se calcula entre el 10 y el 12% del total). Algunas fuentes señalan que más allá de las cifras a la baja que ofrece el Ministerio de Defensa (según ellos, los inmigrantes alistados no llegan al 9%), la cantidad de mercenarios enrolados se aproximaría al 15%-20%. En realidad, en zonas de peligro como lo es Afganistán, la carne de cañón nacida en países subdesarrollados que visten uniforme español llegaría a un tercio o quizá más de los efectivos allí desplazados. Y en fin, basta darse una vuelta por las cercanías de los cuarteles para ver, por cierto, a quien le tocan mayoritariamente las tareas más ingratas, como las guardias a pie de calle: en su mayoría suelen ser chicos y chicas de piel más oscura y rasgos que delatan su origen no español.

Un muchacho colombiano ha muerto hoy en una guerra estúpida en la que si a los españoles no se les ha perdido absolutamente nada, imagínense a los colombianos. Los españoles mandamos mercenarios a apuntalar un gobierno corrupto sostenido por señores de la guerra cuyas actividades económicas conocidas son el narcotráfico a escala mundial y robar cuanto pueden de las ingentes cantidades que los países ricos envían al pseugobierno afgano para que "reconstruya" el país. Afganistán es una ratonera -como lo serán en el futuro Líbano, Mauritania y otros países en los que nadie sabe exactamente qué pintan los uniformados españoles-, de la que más pronto que tarde vamos a tener que salir como podamos. Cuando esto suceda a muchos se les pondrá cara de estupefacción y empezarán a preguntar para qué coño murieron estos muchachos humildes, que vinieron a España a ganarse la vida y hacerse un futuro y a los que en vez de proporcionar un trabajo digno les pusimos un fusil entre las manos y les mandamos a defender no se sabe qué, en un país del que seguramente no habían oído hablar antes de que les llevaran allá.

En la foto, un soldado español monta guardia durante una patrulla en Afganistán.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Irak is OK, my friend


Dice José María Aznar que la situación en Irak es "muy buena". Ahí es nada: "muy buena". Y lo dice no en un momento cualquiera, sino justo cuando se cumplen cinco años de la invasión de Irak. Claro que esto de los aniversarios, en el fondo, no deja de ser una tontería; tan muertos y podridos están los irakíes asesinados a bombazos hace hoy exactamente cinco años, como los que fueron liquidados 245 días después, por poner una fecha cualquiera.

El caso es que, probablemente para refrendar afirmación tan optimista - y sorprendente, viniendo de alguien que goza de una sólida reputación como cenizo-, apenas unas horas después de ésa declaración del ex presidente español, 52 personas murieron en un atentado suicida en la ciudad irakí de Kerbala. Lo que en realidad, vista la frecuencia conque se producen esta clase de atentados en Irak, tampoco constituye ninguna novedad.

A José María Aznar le entrevistaban para un especial de radio de la BBC sobre la invasión de Irak, cuando se le ocurrió soltar esa frase gloriosa. Dice Aznar también en esa entrevista que la reunión del Trío de las Azores en la que se dio luz verde al ataque fue "muy simple, muy corta y muy tranquila", y que luego se fueron a cenar juntos para hablar de sus cosas. Seguramente aquella misma noche, alguno de ellos hizo el amor con su señora esposa o sustituta facilitada por la organización del evento y luego se durmió como un angelote, con el sueño profundo y reparador de los que tienen la conciencia tranquila.

Al día siguiente de tan relajado encuentro, el censo mundial de niños y adultos con la cabeza reventada, brazos y piernas amputados, e intestinos colgando fuera del lugar donde habitualmente se alojan, se incrementó de manera considerable al comenzar los bombardeos de la aviación estadounidense sobre los barrios populares de Bagdad. Las cifras de bajas iraquíes oscilan según quien las cuente, entre cien mil y un millón de muertos en estos cinco años de guerra y ocupación militar.

Pero eso es nada, apenas la espuma inevitable que produce la ejecución de un acto de justicia como aquél. "Los tres" dice Aznar, albergaban "la convicción muy seria de que teníamos razón, que actuábamos en beneficio de mucha gente". Y tanto. En Irak, cuatro millones y medio de personas han abandonado sus casas. Hay al menos un 60% de paro. Más del 40% de la población está en el umbral de la pobreza extrema. Seis millones de personas sobreviven gracias a la ayuda humanitaria, el doble que en 2004. El 70% de la población no tiene agua potable (El País, 19-3-2008). Pero mucha gente se benefició. Bueno, en realidad no han sido muchos, pero sí se han beneficiado extraordinariamente: las hienas que pululan alrededor del negocio de la guerra y de la "reconstrucción" posterior del país devastado -desde el vicepresidente norteamericano Dick Cheney hasta el Yernísimo de Aznar, Tarik (alias Alejandro) Agag, éstos se han forrado como nunca.

"El mundo está mejor sin los talibanes y está mejor sin Sadam Husein", sostiene Aznar. ¿Han desaparecido todos los problemas?, le preguntan: "No, simplemente está mejor". Y haciendo gala de su conocido realismo, remata: "No es una situación idílica, pero es una situación muy buena". Realmente podría ser peor, sin duda alguna: los norteamericanos podrían haber atacado Irán con armas nucleares, tal como se ha estudiado seriamente en el Pentágono a propuesta de la Administración Bush.

Seguramente en algún lugar del mundo hay un fiscal que pacientemente va recortando todas estas declaraciones que Aznar tiene a bien conceder. Algún día una carpeta con esos recortes llegará a una sala del Tribunal Penal Internacional, y se incorporará como prueba de cargo en el juicio contra un reputado criminal de guerra, de nombre José María Aznar López. Mientras llega ese momento, quien sea creyente que rece y quien no, que apriete los dientes.

miércoles, 21 de marzo de 2007

La guerra esponsorizada


Estas son algunas de las principales cifras del balance de cuatro años de guerra en Irak que pueden recopilarse en Internet sin esfuerzo:

Seiscientos cincuenta mil iraquíes han sido muertos en acciones de guerra o por el terrorismo. El número de heridos es simplemente incalculable.

Bajas estadounidenses: tres mil doscientos soldados muertos y veinticuatro mil heridos.

Diez mil soldados norteamericanos han desertado, de ellos cuatrocientos se hallan en Canadá a la espera de ser reconocidos como refugiados políticos.

Cuatrocientos mil millones de dólares se han invertido en la guerra, de ellos mil trescientos millones fueron desembolsados por España durante la etapa en que las tropas españolas participaron en la ocupación de Irak.

Ocho mil millones de dólares de un monto total de doce mil millones entregados como "donación" USA al gobierno de Irak a través de la Administración provisional que dirigió Paul Bremen, se evaporaron nada más llegar a Bagdad. Bremen no tiene ni una factura que los justifique.

No hay cifras oficiales acerca de los fabulosos beneficios que están obteniendo las grandes corporaciones norteamericanas, desde la Halliburton del vicepresidente Dick Cheney (que suministra a los soldados ocupantes toda la logística, incluidas las tiendas de campaña donde duermen, la ropa que se ponen y las raciones que comen), a las famosas Siete Hermanas petroleras, especialmente las texanas, que están saqueando a barra libre los pozos petrolíferos iraquíes, pasando por las empresas especializadas en "reconstrucción civil" (que obtienen a dedo descomunales contratos de construcción de edificios e infraestructuras) y las de "seguridad privada", que facilitan mercenarios encargados del trabajo sucio en materia de "orden público".

La guerra de Irak es ya la guerra de las corporaciones norteamericanas. Todas se han apresurado a sacar tajada siquiera sea publicitaria, aunque en la mayoría de los casos han preferido implicarse de hoz y coz y rapiñar directamente sobre el terreno.

Ello es posible porque, como escribió John K. Galbraith en sus últimas aportaciones, los políticos y altos funcionarios del gobierno de EEUU son hoy meros empleados de las grandes corporaciones, en cuyos consejos directivos han figurado hasta el momento mismo de incorporarse a la Administración Pública y con los que siguen manteniendo vinculaciones tan estrechas como los hilos que unen a la marioneta con su operador.

Más que unos símbolos nacionales desfasados, el ejército norteamericano debería empezar a lucir sobre los uniformes y el material que usa los logotipos de quienes son los esponsors de la guerra y accionistas destacados de esta primera gran aventura empresarial del siglo XXI.