
A menudo los políticos con mando suelen comportarse como la mayoría de los niños, que apenas ven a un vecinito con un juguete nuevo se ponen a exigir otro igual. Así fue como en su momento proliferaron por toda España las autonomías de régimen común. Si catalanes, vascos y gallegos iban a tener parlamento, bandera e himno propios nosotros también, exigieron a principios de los ochenta los políticos regionales de los partidos grandes o pequeños, de alcance estatal o local, aunque para ello tuvieran que convocar concursos de dibujo para crear la bandera autonómica (La Rioja), encargar el himno a un conocido vate regional (Madrid), o resucitar denominaciones institucionales de cuando las guerras napoleónicas (Junta del Principado de Asturias).
Crear Cajas de Ahorros que entre otras funciones más o menos necesarias financiaran los proyectos extraordinarios y los gastos corrientes de los entes político-administrativos autonómicos y de paso dieran cierto empaque a la economía regional, se convirtió en una carrera entre las diferentes "clases políticas" autonómicas. Se trataba lisa y llanamente, de ver quién la tenía más grande (la caja, en este caso).
Que en Castilla La Mancha hubiera una caja de ahorros regional "potente", parece que fue un capricho de José Bono secundado por "fuerzas vivas" locales interesadas en las ventajas que reportan esta clase de instituciones a ciertos empresarios llamémosles "emprendedores". El sucesor de Bono, Barreda, asistió satisfecho a la expansión del tingladillo financiero manchego fuera del ámbito territorial regional. Caja Castilla la Mancha llegó a poner la pica en Flandes, abriendo oficinas -pocas, es cierto- en la fenicia Catalunya, patria de la caja de ahorros por antonomasia. ¡Qué satisfacción debió sentir Barreda cuando les coló a los catalanes ese símbolo del supuestamente imparable "crecimiento económico" castellano-manchego!.
En realidad, toda esa expansión financiera era un bluff alimentado por -cómo no- el ladrillo local. Caja Castilla La Mancha no ha sido más que una pura fachada tras la que manejaban un puñado de constructores, y en el que otro puñado de políticos manchegos semijubilados se repartían jugosos sueldos, que duplicaron en apenas tres años. Entre tanto desmadre, lo que ha rematado a la entidad ha sido la crisis del ladrillo sumada a las consecuencias de la absurda expansión fuera de la región, que apenas ha servido para captar fondos y en cambio ha aportado abundantes deudas inmobiliarias y en contratación de personal.
La crisis de la caja manchega estaba cantada desde hace tiempo. Que Unicaja, la principal caja andaluza, entrara al rescate era una operación política destinada a salvar los muebles que quedaban. La operación ha sido fulminantemente abortada por los andaluces cuando se han dado cuenta de que los directivos manchegos habían maquillado con toda desfachatez las cuentas reales de Caja Castilla La Mancha, que según la prensa de hoy (El País, 31-3-2009) en vez de ganar 30 millones de euros en 2008 como ellos afirman, ha perdido en realidad cientos de millones durante ese período. Finalmente ha tenido que intervenir el Banco de España para evitar la quiebra económica y el escándalo público. De todos modos a fecha de hoy es el propio Banco de España quien está cuestionando las cuentas de Caja Castilla La Mancha, con lo que el futuro judicial de los directivos de esta entidad, empezando por su presidente, Hernández Moltó, puede ponerse muy turbio.
Alguien debería enseñar a nuestros políticos que con las cosas de comer no se juega. Que una cosa es tener coche oficial blindado, banderita autonómica de diseño y hasta policías propios que se cuadren en primer tiempo de saludo, y otra hacerle un agujero a la economía regional que finalmente habremos de pagar entre todos los españolitos. Un escarmiento por vía judicial quizá sirviera para que otros émulos de Bono, Barreda, Moltó y resto de la tropa se tentaran la ropa antes de montar nuevos tinglados tipo Caja Castilla La Mancha.


