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viernes, 22 de enero de 2010

El cónsul de Sodoma y unos sinvergüenzas de Barcelona


Les transcribo el comentario que he dejado hace un rato en el blog del programa L'hora del lector, el excelente espacio sobre libros que emite la televisión autonómica catalana, a propósito de la polémica desatada por la película o lo que sea que un puñado de indocumentados ha perpetrado usando como pretexto al poeta Jaime Gil de Biedma, aquél por cierto que medio siglo atrás se refería a la lideresa Esperanza Aguirre como "su primita tonta madrileña". Traduzco del catalán:

No he visto ni pienso ver la película sobre Gil de Biedma, más que nada porque hace muchos lustros que no pongo los pies en un cine por la misma razón por la que nunca voy a pasear por un basurero, y no quiero romper ahora una costumbre arraigada por tan poca cosa.

De todas maneras me permitiré opinar sobre esta mierdecilla filmada, oportunista ya desde su mismo título ("El cónsul de Sodoma"). Creo que hay que tener muy poca vergüenza para manipular la vida de un hombre como Jaime Gil de Biedma o cualquier otra, y hacerlo con el ojo puesto en el cajón donde van a parar las pelas de la recaudación en taquilla. Da risa que luego hablen de arte y cultura y no sé qué. Money, money. Por lo que vengo leyendo sobre el asunto, especialmente las críticas de Marsé y Llovet, los tipos que han perpetrado esta miseria saben de Gil de Biedma y de su contexto histórico lo que yo de física nuclear: cero patatero.

Y en fin, qué quieren que les diga, si Juan Marsé dice que eso es un bodrio infumable, es que es un bodrio infumable. A mi al menos, con Juan Marsé me pasa lo que a Belén Esteban con su hija Andreíta: ¡YO POR MARSÉ MAAAATOOOO!.

En la fotografía que ilustra el post, Jaime Gil de Biedma en sus últimos años.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Juan Marsé, voz de la Barcelona mestiza


Acaban de concederle a Juan Marsé el premio Nacional de Literatura (nacional de la nación vecina, como dirían los burócratas de la cultura oficial catalana). El premio es ante todo el reconocimiento a una trayectoria como creador artístico de primera fila, pero también el homenaje a una postura cívica que en los tiempos que corren tiene un mérito enorme.

Juan Marsé, barcelonés hasta la médula, escribe en castellano porque le da la gana. La cosa es así, lamentablemente para algunos. Resulta que el hombre se siente cómodo en esta lengua, que por lo demás expresa mejor que cualquier otra su mundo, tan radicalmente barcelonés en su especificidad: lengua y realidad social unidas en un verdadero "hecho diferencial" propio de esta ciudad. Pero inmediatamente el escritor de El Carmel dice que que la lengua que maneja para escribir es eso, un instrumento de comunicación, no un arma política al servicio de ideologías. Con lo cual y por el mismo precio, Marsé logra cabrear por igual a nacionalistas catalanes y nacionalistas españoles, algo que a la mayoría de barceloneses nos encanta (ya saben, para los naciópatas de cualquier leche Barcelona es la "Gran Puta de Babilonia", la que una y otra vez se ríe de sus estúpidos cantos de sirena; Marsé sería para ellos casi como el DJ que pone la música en esa Barcelona mestiza y un punto caótica, libre y gozosamente refractaria a quienes quieren ahormarla bajo sus enseñas).
Y es que el mundo literario que ha creado Juan Marsé es un mundo que por pegado a la realidad social barcelonesa, nada tiene que ver con ensoñaciones burguesas. No hay idealismo ninguno en las novelas de Marsé, y sí la narración de una realidad dura y en ocasiones sórdida, la propia de la inmigración en la ciudad en el contexto de la España franquista. En ese sentido, la lucha de clases, manifestada en el choque entre los mundos fronterizos pero inmensamente alejados entre sí de los barrios de El Carmel (obrero) y de Gràcia (burgués), por donde Marsé hace caminar a su personaje, el Pijoaparte, traspasa toda la obra de este escritor y se manifiesta con mayor intensidad y crudeza que en aquellos apolillados manuales de marxismo-leninismo que circulaban entre los estudiantes de la época.

Marsé, voz de la Barcelona mestiza, ha permanecido fiel a su gente y a su clase, allí donde tantos otros se han dado un barniz de conformismo con quienes detentan el poder real en esta Catalunya de nuestros pecados, y han agachado la testuz ante esas gentes que al cabo siempre son los mismos, aunque los trapos de colores que exhiben para encelarnos y justificar sus sueldos y las prebendas y sinecuras que reparten sean diferentes. Por esas horcas caudinas Marsé no ha pasado nunca, y episodios como su ausencia de la Feria de Frankfurt son la prueba; el escritor catalán que más vende en el mundo, no existe para la burocracia cultural de su país.

Marsé dice estar hasta el gorro de los políticos, y ha demostrado en repetidas ocasiones que los premios se la traen al fresco. Ni firma manifiestos en defensa de la presuntamente amenazada lengua castellana, ni reclama no menos presuntos derechos de autodeterminación. Juan Marsé observa y escribe no sobre realidades virtuales, sino sobre lo que verdaderamente pasa a su alrededor. Seguramente es por eso que ahora con premio Nacional como antes sin él, seguirá cabreando a unos y otros gurús de la cultura y la política, para placer de la inmensa mayoría de quienes nos reconocemos como sus vecinos y apreciamos su escritura y sobre todo, su posición ética.
PD Acabo de darme cuenta de que en mi precipitación gozosa, he escrito que a Marsé le han dado el premio Nacional de Literatura, cuando en realidad le han dado el Cervantes. Deben ser cosas del subconsciente, que me traiciona de vez en cuando. Lo dejo así, pero ya saben que no, que el premio otorgado a Marsé ha sido el que lleva el nombre de otro genial novelista casi tan descreído como él.